La Pascua de los Negros de Roma en la comuna de San Fernando, Colchagua

La Pascua de los Negros de Roma, en la comuna de San Fernando (Colchagua), fue una festividad tradicional campesina que se mantuvo vigente hasta aproximadamente 1920 y que posteriormente pudo ser reconstruida gracias al trabajo de Margot Loyola y Osvaldo Cádiz, a partir de testimonios de habitantes de la localidad.

Esta celebración se inscribe en un contexto histórico marcado por la presencia de población africana y afrodescendiente en la zona durante el período colonial, especialmente en sectores cercanos como la hacienda San José de los Lingues y en la propia localidad de Roma.

La festividad se realizaba cada 6 de enero, en el marco de la Epifanía, celebración de los Reyes Magos que, en el período colonial, era conmemorada por los hacendados. En esa fecha, se otorgaba el día libre a los esclavos africanos, quienes aprovechaban la ocasión para descansar, reunirse y celebrar con cantos y danzas en honor al niño Dios.

En este contexto, la figura de Baltasar —tradicionalmente representado como el rey negro— adquiría un significado especial, siendo reconocido como una figura cercana e incluso protectora. De ahí el sentido del nombre “Pascua de los Negros” y el carácter festivo que adquiría esta celebración.

El eje de la celebración lo constituían grupos llamados “los negros”, organizados en comparsas que recorrían el pueblo. Estas estaban compuestas por seis, ocho o más integrantes, con roles definidos: un Rey, una Reina llamada Minina y varios acompañantes o edecanes denominados Mininos.

La figura de la Minina era interpretada por un hombre vestido de mujer, quien debía bailar con gracia y desempeñar un rol destacado dentro de la representación.

La caracterización de los participantes era distintiva. Vestían trajes cubiertos de papeles de colores y llevaban la cabeza cubierta con una máscara de género negro, que incluía una boca fruncida y una nariz rellena, rematada en un cucurucho adornado. El Rey portaba una corona y espada de madera —la más elaborada—, mientras que los demás integrantes también llevaban espadas y diversos elementos simbólicos.

Durante la celebración, las comparsas recorrían el pueblo visitando tres fondas, de las cuales dos eran las principales. En cada una irrumpían con música, canto y baile, acompañados por guitarra y acordeón. Allí realizaban intervenciones festivas, con diálogos improvisados en tono humorístico y de doble sentido, utilizando voces fingidas para mantener el anonimato.

Además de bailar entre ellos, interactuaban con el público, interpretando danzas como la resfalosa, la sajuriana y la cueca, en un ambiente de celebración colectiva donde la identidad de los participantes debía permanecer oculta.

Con el paso del tiempo, esta tradición fue desapareciendo progresivamente hasta extinguirse hacia mediados del siglo XX. Sin embargo, a partir del trabajo de recopilación realizado por Margot Loyola, fue posible reconstruir parte de sus características a través de la memoria de los habitantes, permitiendo reconocer en esta manifestación elementos de raíz africana integrados en el mundo campesino chileno.

De este modo, la Pascua de los Negros de Roma se comprende como una expresión festiva reconstruida, en la que convergen memoria, representación y herencias culturales diversas.

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